Eran infinitas sinuosidades, círculos que no querían seguir siendo concéntricos, porque como bien dijo una amiga: marean.
Melodías que por reiterativas que fueran, no caían en la monotonía que puede ofrecer el insensible frío que amenaza cada mañana. Movimientos sutiles, delicados, obsesivos y suaves; dejaban entrever que en realidad no estaba observando el trasfondo de la situación, la vista se mantenía fija en el aire bruscamente movilizado al rededor que alejaba todo cuanto quería ayudar.
Caminaba de espaldas, dejando caer una mano que esperaba ser recogida; mientras en oposición a la imaginación, las otras se deslizaban en formas acabadas, asumidas por conformismo. Más que eso, buscaba esa seguridad que ofrecen tardíos efectos de palabras abstractas, porque aquellos que vivimos en nociones perdidas nos aferramos a detalles ínfimos, indignos de considerar y quizás sin mayor influencia como una variación en el ritmo de la respiración, cuando la velocidad de los latidos ya no es la de siempre ni mucho menos la intencional mirada escondida en un impaciente colectivo, cuando las palabras dejan de tener sentido que por el más puro pánico no queremos interpretar.
A veces, sin saber de dónde, emergen útopicas idealizaciones, que lo que más generan es el temor de no ser cumplidas... de frustrar aquella composición etérea a la cual le fusilaron las ganas de manifestar respuestas, de volver a entregar esa olvidada y renegada capacidad de sentir. Es que no todo tiene explicación ni mayor análisis, y me di cuenta, en madrugadas llenas de neblina tratando el sol de asomarse, que no todo puede ser descrito; entonces ahí culmina el misticismo puro y asumido de lo primitivos que somos. Pero, preferible se vuelve aceptar las resoluciones tomadas en atardeceres de nubes rojas, luces tenues con Jack Johnson como principal invitado, sonidos tan leves y cálidos como la convicción con la que abandonas la panorámica cuando un oscuro manto se extiende sobre el infinito. No sé que tan vacía se encuentra la complementaridad, pero en la antítesis y queja encontré solución y culpa; entendí que no se puede categorizar ni generalizar. ¿Es que siempre tengo que estar dándome cuenta de la infinidad de equivocaciones en mis acciones cuando ya no hay soluciones aplicables?
No soy de retroceder ni de arrepentir, nadie maneja consecuencias, pero nacen por concensos y tratados de poca imaginación y demasiado costumbrismo. Avisar, preguntar, pedir permiso... Es hora de tomar nuevas atribuciones, hecharle la culpa al impulso momentáneo que hizo de la circunstancia una sintonía ipsofáctica, algo más mundana pero que esta vez, conlleva diversos factores intrínsecos donde ártifices como omisiones y declaraciones indirectamente escondidas, desatan una lluvia de “posibles” que al negar la inexistencia tienden a alcanzar cierta estabilidad. Siempre he tenido miedo, no me cuesta asumirlo, lo que no puedo sobrellevar es el hecho de querer vencerlo y no poder superar esa sensación de vulnerabilidad a un quiebre indeseado que no acepta un basta para detenerse, y quién sabe; como todo en esta vida, los giros son eternos, tal vez no herméticos pero existe a veces, alojado en el sentido popular, un pensamiento de posible encaje que salve puentes de caer, que cuide clavos de no oxidarse, que se encargue de que existan flujos dónde nuestra imperceptible y supuesta intervención, sólo coopera con aferrar al detenido tiempo, un gramo de extrañas casualidades.
Oportunidades esperanzadas en lo único que no podemos confiar, en la total inseguridad que ofrece un fututro ausente de válidas predicciones, son fusiones del inerte concepto frente a la adversidad del silencio. Aceleras escapando, haces de la mentira el alimento de tus palabras, sabes que no será como lo es usulamente; pero te consuela asimilar que es bilateral, lo sabes por interpretaciones que conservan su mística hasta el último instante de sobriedad, es así, que dejándonos seducir por el invencible Baco, toma posición de lo expresable, aquello que es impredecible. Y es por eso que le doy un gran lugar a la duda y al impulso ¿Cuántas veces quise decir o hacer algo pero me detuvo la presencia de la imperturbable confianza o de ese inagotable recurso fisiológico como lo es “un nudo en el estómago”?
Siento que a veces me estremece pensar y razonar tantas cosas, se da el espacio para darle tantas vueltas a un asunto sin mayor coherencia; me puedo cuestionar hasta lo inexistente conservando mi clásica irracionalidad y dejar que mis intenciones vagabundeen por las calles bailando en los semáforos sin temor a estrechar la mano con las de otro. A ratos concentro energías para mínimas acciones, evito aceptar coincidencias y declaraciones, si puedo evadir analistas, con gusto lo hago; es que no hay mas explicación que la contraposición y constante lucha entre el tan poco aceptado amor por lo desconocido y el miedo mismo.
“Sí, el ayer y el hoy son bastante confusos, para qué hablar del mañana! ¿Acaso un tampax podría detener el tiempo?”